Una de las vivencias que con mas cariño recuerdo de mi ya larga, aunque corta, como todo lo demás, vida, es la compañía de mi difunto tío. Mi tío por parte de padre era un Ignatius, no tenía demasiada formación, pero ello no fué obstáculo para que dedicara su vida al hedonismo y a la bohemia.
Cuando por mi corta edad me veía en la obligación de ir a misa, siempre buscaba su compañía, el me explicaba todos esos conceptos intrincados de la teología , lo hacía muy bien, "esto es un desmadre niño". Me decía sin poder ocultar la risa. Creo que es al único familiar, al margen de mi madre, padre y hermana, que le guardo amor. Hoy me ha venido a la memoria, releyendo la conjura de los necios, mi biblioteca a menguado bastante,pero siempre estarán conmigo: Los ensayos de Montaigne, la obra completa de Gonzalo Torrente Ballester, Las conversaciones con Goethe de Ackerman, La vida de Samuel Jhonsson el teatro de Esquilio y un par de novelas de Bolaño es todo lo que se necesita para la gloria, y con todos estos al gran Ignatius, sus maneras extravagantes y ese estar en contra de todo y de todos, la rebeldía, la huida de las unanimidades, el asco a lo asambleario de cualquier color, el gusto por el ditirambo y la palabra gruesa...
Mi tio fué Ignatius, el no sabía nada de griegos, ni de derecho, ni de historia comparada, pero si tenía la intuición de saber como se manipulaba a la gente, en una ocasión en un viaje cargado de ajos de Burgos a Bilbao me lo explico con claridad castellana: "mira hijo, primero se vuelve a la gente loca, y una vez echo esto, se la convence de cualquier cosa".
No tengo confianza en vidas futuras, lo mismo que por casualidad tenemos la vida física, tal vez el infinito, nos dote de una consciencia del tipo que sea -o de ninguno-, después de la muerte, espero si es a sí,encontrármelo ,y que nuestras almas vaguen libres con un solo pensamiento, el de recuperar algún dia esas vidas que perdimos.
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